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Jorge Ramos: La vida secreta de las maletas

Después de lo peor de la pandemia es momento de viajar y salir de las cuatro paredes donde estuvimos más de dos años

Las maletas, contrario a lo que uno supondría, parecen tener vida interior y voluntad propia. Nos hacen creer que nosotros decidimos a dónde van. Pero, como hemos visto tantas veces este verano, las maletas en realidad hacen lo que quieren y van a donde se les pega la gana.

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Reconozcámoslo: estamos hartos de la larga encerrona en casa. El fin de lo peor de la pandemia —o, más bien, el reconocer que vamos a tener que convivir con la covid por el resto de nuestros días— nos ha puesto a viajar. A donde sea. El objetivo es estar fuera de esas cuatro paredes que durante más de dos años se convirtieron en oficina, gimnasio, sala de juntas, kindergarten, cocina rápida, cine, rincón de terapias y agencia de viajes de la larga lista de lugares por visitar en los días pospandémicos.

Y este es precisamente el momento que estaban esperando las maletas para desaparecer. Ellas también querían airearse.

En el enorme y eficiente aeropuerto de Fráncfort me encontré con lo que se podría describir como un cementerio de maletas. Cientos de ellas arrumbadas junto a los carruseles ovalados donde las avientan groseramente tras bajarlas del avión. Son maletas que se le escaparon de sus dueños.

Venían de todo el mundo. Pero algo inusitado ocurrió en el camino. Sus propietarios perdieron una conexión, las maletas se adelantaron o atrasaron, o tal vez alguien cometió un error de dedo y las envió a otro lado. El caso es que estaban ahí, libres. Calculo que tendrían que pasar varios días hasta que alguien se pusiera a revisar una por una y las regresara a sus dueños que, en otra parte del planeta, maldecían a alguna aerolínea por haberlas perdido.

Mi maleta, en este último viaje, también se me trató de escapar. Mi vuelo se retrasó, no llegué a tiempo a mi conexión en Fráncfort y por 16 horas le perdí el rastro. Tras una espera interminable y frustrante —todos los vuelos estaban llenos— viajé a Roma con la convicción de que no volvería a ver a mi maleta. Era una de miles en ese laberinto de equipajes. Pero los capaces empleados del aeropuerto alemán —verdaderos detectives de maletas— la localizaron, la arrestaron, la sometieron con una nueva etiqueta y la forzaron a la panza de mi avión. La vi salir tristona por una banda del aeropuerto Fiumicino en Roma, avergonzada por haber sido recapturada. Se le había acabado la fiesta.

En el aeropuerto de Roma organizan las maletas perdidas en largas filas, como si fueran piezas de museo. Y los angustiados y cansados viajeros recorren esos pasillos con la mínima esperanza de encontrar la suya. Estuve ahí casi una hora y no vi un solo reencuentro maleta-humano. En cambio, sí escuché el típico y malhumorado: “Ya sabía que esto iba a ocurrir”. Una joven lloraba pasada la medianoche mientras hacía fila en una ventanilla de maletas perdidas. Su esperado viaje a Europa tendría que ser con lo que llevaba puesto.

Cada año se pierden, en promedio, 1.4 millones de maletas en el mundo. Eso es el cinco por ciento de los 28 millones que se retrasaron o fueron enviadas a otro lugar, según un reporte de SITA, una empresa especializada en la industria aérea. Hace unos días la aerolínea Delta hizo un vuelo del aeropuerto de Heathrow en Londres a Detroit solo para regresar mil maletas extraviadas.

Este ha sido un verano caótico. Las aerolíneas, los hoteles, los restaurantes y en general todo el sector de servicios no se han podido recuperar de la pandemia al mismo ritmo que las masas de viajeros desesperados por cerrar la puerta de su casa por fuera. Miles de vuelos han sido cancelados o retrasados.

En una sola semana en Estados Unidos, entre Miami y San Antonio, me cancelaron un vuelo, se retrasaron dos por más de una hora y solo uno salió a tiempo. Mal récord. Y si además de todo esto hay que estar siguiéndole la pista a tu maleta, el viaje más deseado se convierte en una letanía de frustraciones. Solo en el mes de abril en Estados Unidos se perdieron, retrasaron o dañaron casi 220,000 maletas.

Por eso, la regla de oro de los viajes es: nunca te alejes de tu maleta. De hecho, mis hijos ya saben que, si quieren viajar conmigo, no pueden checar equipaje. Aunque sea hasta Bali o Japón. Solo llevan lo que puedan meter en la maleta de mano de manera que quepa arriba de su asiento.

Dos mandamientos del viajero tranquilo: si no cabe en la maletita, no va; y solo viajas con lo que tú puedas cargar con dos manos y sin ayuda. Claro, en este último viaje rompí la regla, chequé equipaje y, como suele pasar cuando se rompen las reglas, me arrepentí: perdí más de medio día buscando la maleta.

Cuando uno pierde la maleta se pone enojado y nervioso. Lo que pasa es que las maletas nos conocen mejor que nadie y nos podrían chantajear en cualquier momento si abrieran sus zippers y expusieran nuestros secretos. Abrir la maleta de un extraño es como ser testigo de sus sesiones de psicoanálisis. Son, en realidad, un pedacito rodante de nuestra casa y de nuestra vida.

Los finales de las maletas son casi siempre tristes. Rotas, arrumbadas, olvidadas y reemplazadas. O peor: decapitadas. Una vez vi en un carrusel solo el mango de una maleta, con su etiqueta bien puesta y un largo pedazo plástico de lo que fue una maleta negra. Terminaría inevitablemente en un basurero y alejada por el resto de sus días de la parte que le extirparon brutalmente en un aeropuerto.

La verdad es que las maletas nunca son nuestras aunque paguemos por ellas. Las exponemos a tantos tormentos —las jalamos por calles empedradas, las alimentamos hasta tronar y las aventamos en cualquier esquina del cuarto de hotel— que no debería sorprendernos que, a la primera oportunidad, busquen liberarse de nosotros. Solo esperan un descuido para huir.

Y todo por un momento de absoluta independencia, solitas en un aeropuerto desconocido, aunque sepan que las están buscando y que, tarde o temprano, alguien podría venir por ellas y volverlas a capturar. Este verano en el que la gente ha vuelto a salir y viajar después de los años iniciales de la pandemia, parece que lo único que quieren las maletas es lo mismo que nosotros: se un poco más libres.

Jorge Ramos, periodista ganador del Emmy, es el principal director de noticias de Univision Network

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